No elegimos de quién nos enamoramos, y en el mismo instante en que nacemos no decidimos si somos heterosexuales, o si me gustan las chicas morenas o los chicos de color de ojos azules. No naces sabiendo que te quieres enamorar de un chico que tiene unas determinadas características, ni siendo racista. Todas las cosas que aprendemos desde pequeños son las cosas que nos inculcan. Desde que nacemos, nos hacen seguir el arrollo, ese río que lleva un determinado cauce y que en cuento algo se desborda, crea una honda crisis emocional y bajas autoestimas. Me voy por las ramas. A lo que me refiero es que, somos los primeros que nos juzgamos cuando alguien se supone que tiene algo mejor que nosotros: al chico perfecto, la casa más bonita, mejores estudios y becas universitarias, el cuerpo... En realidad, si me paro a leerlo con algo de detenimiento, son absurdas gilipolleces. Haced memoria y pensad en que momento de vuestra niñez os comparasteis con otro niño. A una temprana edad en realidad, pero sino era por juguetes era por un chicle en la cantina o el balón en el patio. En nuestra mano está compararnos o dejar de hacerlo.
Tú no eliges de quien te enamoras, ni mucho menos, pero siempre se nota, y puedo asegurar que una vez que lo haces, dejas de compararte con ciertas personas. Entiendes a amar todo lo que tienes, porque lo que tengo es lo que soy y lo que seré, y si lo amo ahora lo amare siempre.
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